viernes, 26 de octubre de 2012

La 'hija' de Lucy trepaba a los árboles

La 'hija' de Lucy trepaba a los árboles
El omóplato de Selam, la niña Australopithecus afarensis cuyos restos se encontraron en Etiopía hace 12 años, ha servido para concluir que su especie subía y bajaba de los árboles. Los afarensis son primates extintos que se consideran ancestros bípedos del hombre. Saber que también se suspendían de las ramas hace pensar a los científicos que su actividad arbórea los alejó de los humanos.

Los científicos saben que Lucy, la primera Australopithecus afarensis descubierta, era bípeda y caminaba erguida. Ahora han llegado a la conclusión de que esta primate de 3,2 millones de años y el resto de miembros de su especie también trepaban a los árboles.

Una investigación que publica esta semana la revista Science revela que estos antecesores del género Homo tenían la articulación del hombro orientada hacia arriba, lo que refuerza la hipótesis sobre su comportamiento arbóreo y demuestra sus semejanzas con los simios africanos modernos.

La morfología del omóplato está relacionada con los hábitos locomotores. Así, para comprender mejor el crecimiento y el desarrollo del Australopithecus afarensis –un homínido extinto hace aproximadamente tres millones de años– los investigadores estadounidenses han estudiado sus huesos del hombro.

En concreto han analizado el caso de Selam, un ejemplar juvenil de A. afarensis de unos tres años de edad encontrado en el yacimiento de Dikika (Etiopía) en 2000. Selam es conocida como 'la hija de Lucy' por la proximidad geográfica de ambos fósiles, a pesar de que los restos de la niña de Dikika, con 3,3 millones de años, son más antiguos.

En primer lugar analizaron el desarrollo y la evolución de la forma del omóplato de los homínidos existentes, lo que les permitió conocer las diferencias morfológicas entre los ejemplares jóvenes y los adultos.

A continuación, los científicos compararon los restos fósiles de los extintos australopitecos con los de otros homínidos como el Homo sapiens, el Homo ergaster y los géneros Pan, Gorilla y Pongo.

“Analizamos el omóplato de ejemplares adultos y juveniles de estas especies”, explican. “Esta aproximación nos ayudó a comprender mejor la influencia del sistema locomotor en la anatomía del hombro de los australopitecos”, recoge el estudio. Los resultados mostraron que existen dos formas distintas del omóplato tanto en los homínidos existentes como en los extinguidos.

Omóplatos orientados hacia el cráneo

Los primates africanos se diferencian de los humanos por una concavidad situada en la cabeza del omóplato que está orientada hacia el cráneo. Esta característica responde a su necesidad de distribuir el peso sobre la cápsula de la articulación del hombro mientras trepan y cogen los objetos, especialmente cuando su miembro superior sostiene alguna carga.

“Nuestro análisis demuestra que los australopitecos también tenían la articulación del hombro orientada hacia arriba”, explican los autores. Esto les permitió evitar el desplazamiento del húmero cuando se colgaban de los árboles. “Se trata de un rasgo característico de los animales suspensorios, que se balancean de un sitio a otro”, asegura la investigación.

En cambio, la orientación de las articulaciones de los Homo sapiens era lateral y, además, necesitaron más tiempo de evolución para conseguir ese enfoque craneal.

Además, el estudio demuestra que los homínidos arbóreos, como Selam, tenían una fosa infraespinosa –el área cóncava de la zona posterior del omóplato– más estrecha que la de los humanos, lo que les permitía estabilizar la articulación del hombro durante la suspensión.

“Muy probablemente estos homínidos, pese a ser bípedos, participaron en estrategias de comportamiento en las que trepar a los árboles se unía a su condición bípeda”, concluyen los expertos .

SINC

miércoles, 24 de octubre de 2012

Reafirman la «hipótesis de la abuela» sobre la longevidad humana

Reafirman la «hipótesis de la abuela» sobre la longevidad humana
Nuevas simulaciones por ordenador han proporcionado un nuevo soporte matemático para la 'hipótesis de la abuela', una famosa teoría según la cual los humanos lograron una mayor esperanza de vida porque las abuelas ayudaron en la alimentación de los nietos. El estudio ha sido publicado en 'Proceedings of the Royal Society B'.

Según la autora principal, Kristen Hawkes, de la Universidad de Utah, las simulaciones indican que la ayuda de las abuelas pudo alargar la esperanza de vida en primates hasta una esperanza de vida humana en menos de 60.000 años. Las chimpancés hembras rara vez viven hasta los 40 años; mientras que las mujeres humanas suelen vivir varias décadas más allá de sus años fértiles. Los resultados mostraron que los cuidados de las abuelas a sus nietos pueden aumentar en 49 años la esperanza de vida de los primates, en un 'corto' período de tiempo evolutivo.

Según la 'hipótesis de la abuela', cuando las abuelas ayudan a alimentar a sus nietos, después del destete, sus hijas pueden engendrar más hijos en intervalos más cortos. Al permitir a sus hijas tener más hijos, unas pocas hembras ancestrales, que vivieron el tiempo suficiente para llegar a ser abuelas, pasaron sus genes de la longevidad a sus descendientes.

Hawkes propuso formalmente la 'hipótesis de la abuela' en 1997, y ha sido objeto de debate desde entonces. Una de las principales críticas fue que la hipótesis carecía de fundamento matemático, algo que el nuevo estudio pretendía suministrar. A medida que los ancestros humanos evolucionaron en África, durante los últimos dos millones de años, el entorno cambió, haciéndose más seco, y disminuyeron los bosques. "Así que las madres tenían dos opciones", explica Hawkes, "ir en busca de bosques con alimentos disponibles para que los bebés destetados se alimentaran solos, o seguir alimentando a sus hijos después de que fueran destetados".

Este hecho favoreció que algunas mujeres, cuya edad reproductiva estaba terminando, intervinieran desenterrando tubérculos y abriendo frutos secos de cáscara dura para ayudar en la alimentación de los hijos destetados. Los primates que se quedaron cerca de las fuentes de alimentos para que las crías destetadas pudiesen alimentarse "son nuestros primos, los grandes simios", afirma Hawkes, mientras que "los que comenzaron a explotar recursos que las crías pequeñas no podían manejar, evolucionaron, gracias a la ayuda de las abuelas, hasta convertirse en seres humanos".

EUROPA PRESS

domingo, 7 de octubre de 2012

Los hombres prehistóricos alteraban huesos con los dientes

Los hombres prehistóricos alteraban huesos con los dientes
Un problema con el que se enfrentan con frecuencia quienes investigan sobre restos arqueopaleontológicos es la dificultad para dilucidar la autoría de las marcas realizadas con los dientes. Con el fin de contribuir a solucionar el problema, una investigación liderada por el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social, ha realizado un estudio experimental basado en 200 huesos modernos aplicando los resultados a los fósiles descubiertos en los yacimientos de Atapuerca.

Un equipo de investigación español ha efectuado un estudio comparativo entre las marcas de dientes observadas en huesos descubiertos en Atapuerca, concretamente en los niveles TD6 (800.000 años de antigüedad) y TD10 de la Gran Dolina (350.000 años), y el MIR4 de la Cueva del Mirador (4.000), con mordeduras humanas realizadas experimentalmente. El trabajo está liderado por investigadores del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES) y contó con la participación del alumnado del Máster en Arqueología del Cuaternario y Evolución Humana que se imparte en laUniversitat Rovira i Virgili de Tarragona.

Entre las conclusiones del estudio destaca la gran capacidad de los homininos para modificar los huesos sin necesidad de utilizar herramientas líticas, y la gran similitud de las mordeduras realizadas por humanos con las producidas por algunos carnívoros.

"En los conjuntos arqueológicos cuando han actuado varios agentes (carnívoros grandes, pequeños, homininos) puede existir un volumen importante de marcas de dientes de las que no se pueda discriminar quien las ha producido. Sin embargo, los carnívoros tienen dientes secodontos (con cúspides cónicas y puntiagudas) y los homininos bunodontos (con múltiples coronas bajas y redondeadas)", explican los expertos.

Estas diferencias morfológicas se trasladan a las marcas producidas por los dientes, lo que ha posibilitado establecer un modelo conformado por criterios morfológicos para identificar las marcas de dientes (tooth marks) humanos.

Tradicionalmente, éstas han sido atribuidas a una autoria no humana, generalmente carnívoros, pero también a otros animales omnívoros o roedores. “Sin embargo, trabajos anteriores de tipo experimental y también de base etnoarqueológica habían constatado que los humanos pueden realizar numerosas modificaciones (tipos de mordeduras) que quedan registradas sobre los huesos durante la masticación”, explica Palmira Saladié. “En nuestro estudio experimental –añade- hemos podido evidenciar que el rango de modificaciones es más amplio de lo que se pensaba”.

Así se ha visto que las mordeduras producidas por los sujetos sobre huesos de cerdos, ovejas y conejos incluyen tipos conocidos en la terminología tafonómica como furrowing (pérdidas de tejido), scooping-out (vaciados), crenulated and saw-toothed edges (bordes crenulados y aserrados), longitudinal crackers (fisuras longitudinales), crushing (aplastamientos), peeling (fracturas por flexión) y tooth marks (depresiones, improntas y surcos). Hasta ahora sólo se tenía constancia de algunas de ellas, con lo que se amplía el repertorio y se constata la gran capacidad de los homínidos para producir modificaciones sin el uso de herramientas.

Identificar el canibalismo y la formación de conjuntos óseos animales

El interés en la identificación de marcas de dientes humanos se encuentra principalmente en tres líneas de investigación: la observación de la participación de los homínidos (con y sin tecnología) en la formación de conjuntos óseos de animales; la identificación de canibalismo (ya que la prueba más fiable para la inferencia de consumo de los cuerpos es la presencia de mordeduras) y la resolución de los posibles problemas que se pueden derivar de inferir que hayan sido otros animales los que han producido las señales en los huesos.

Las morfologías y dimensiones de algunos tipos de mordeduras, como las depresiones y los surcos, fueron estudiadas mediante microscopía electrónica y tratadas estadísticamente. Con el fin de obtener modelos que sirvan de base interpretativa a la hora de estudiar materiales arqueológicos, los experimentos se realizaron con sesiones de consumo de carne cruda, cocida y asada por parte de investigadores y del alumnado antes mencionado.

“La combinación del tipo de modificaciones y algunas de las características morfológicas nos han permitido establecer analogías con mordeduras presentes en distintos materiales arqueológicos de yacimientos Holocenos y Pleistocenos de la Sierra de Atapuerca”, afirma Palmira Saladié.

“En este trabajo hemos encontrado claros paralelos entre las mordeduras humanas realizadas experimentalmente y otras localizadas en los yacimientos antes mencionados. Gracias a ello se ha podido establecer un patrón de las modificaciones efectuadas con la dentición de los homininos sin el uso de herramientas”, asevera la misma investigadora.

IPHES | SINC

sábado, 6 de octubre de 2012

La dieta carnívora en nuestros antepasados de hace 1,5 millones de años

La dieta carnívora en nuestros antepasados de hace 1,5 millones de años
La dieta carnívora formaba parte de nuestros antepasados mucho antes de lo que se había estimado hasta el momento. Hace 1,5 millones de años los primeros humanos cazaban y estaban fisiológicamente adaptados para consumir carne de forma regular.

A este nuevo detalle de la vida de nuestros antepasados ha llegado el equipo de investigadores que dirige Manuel Domínguez-Rodrigo de la Universidad Complutense. Lo han hecho tras estudiar un fragmento de un cráneo hallado en Tanzania. El hueso hallado pertenecía a un niño de menos de dos años que vivió hace más de un millón y medio de años.

Los investigadores españoles además de datar los restos óseos, pudieron determinar que el niño sufría anemia y tenía falta de vitaminas del grupo B por una dieta inadecuada. Los daños de esa dieta eran visibles en el fragmento de hueso hallado. Esas deficiencias aparecen en personas que no comen carne pero también en aquellas que han estado acostumbradas a una dieta carnívora y la abandonan.

El estudio que publican en la revista «PLOS ONE» insiste en esta idea: «Las lesiones en el hueso apoyan la idea de que el consumo de cane era bastante común entonces y que no consumirla podía conducir a una forma de anemia».

Las deficiencias nutricionales como la anemia son muy comunes en el momento del destete, cuando los niños cambian su dieta drásticamente y cambian la lactancia materna por alimentos sólidos. Si el niño todavía dependía de la leche de la madre y ella no comía carne podía haber transmitido sus carencias nutritivas a su hijo.

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