sábado, 19 de abril de 2014

Neandertales y cromañones no coincidieron en la Península

Neandertales y cromañones no coincidieron en la Península
El encuentro de un neandertal y uno de los primeros humanos no se dio en la Península Ibérica. Esa es la conclusión a la que ha llegado un equipo en el que participan investigadores de Australian National University, Universidad de Oxford, UPV/EHU, Universidad de Maryland, Universitat de Girona y Universidad de Oviedo, tras volver a datar restos de tres cuevas situadas en la ruta de entrada por los Pirineos de los primeros seres de nuestra especie: L'Arbreda, Labeko Koba y La Viña.

El artículo, titulado The chronology of the earliest Upper Palaeolithic in northern Iberia: New insights from L'Arbreda, Labeko Koba and La Viña, se ha publicado en el Journal of Human Evolution.

Para datar restos prehistóricos hasta ahora se venía utilizando el carbono 14, un isotopo radiactivo que con el paso de los años va desapareciendo. Cuando han transcurrido unos 40.000 años, es decir, aproximadamente el periodo de llegada de los primeros humanos a Europa, la porción que queda es tan pequeña que se puede contaminar fácilmente y hacer que las fechas parezcan más recientes.

Fue a partir de 2005 cuando se comenzó a aplicar una nueva técnica, la que se utiliza para purificar el colágeno en pruebas de ADN. Con este método se consigue la porción de materia orgánica original, desprendiendo toda la contaminación posterior.

Y, con esta nueva técnica, en yacimientos clave de toda Europa los científicos van llegando a las mismas conclusiones: "Vemos que la llegada de nuestra especie a Europa se produjo unos 8.000 años antes de lo que se pensaba, y donde podemos ver las dataciones más antiguas de nuestra especie y las más recientes del neandertal vemos que, en un marco regional concreto, no hay superposición", explica Alvaro Arrizabalaga, profesor del departamento de Geografía, Prehistoria y Arqueología y, junto a María José Iriarte y Aritza Villaluenga, uno de los investigadores de la UPV/EHU que ha participado en el estudio.

Las tres cuevas elegidas para la investigación recién publicada se encuentran en Girona (L'Arbreda), Gipuzkoa (Labeko Koba) y Asturias (La Viña), es decir, en los extremos occidental y oriental de los Pirineos, por donde se produce el flujo de poblaciones y animales entre la península y el continente. "L'Arbreda está en el paso oriental; Labeko Koba, en el valle del Deba, se encuentra en el pasillo de entrada por los Pirineos Occidentales (Arrizabalaga e Iriarte la excavaron de urgencia en 1988 antes de que fuera destruida por la construcción de la variante de Arrasate) y La Viña tiene el valor de paradigma, pues proporciona una secuencia magnífica del Paleolítico Superior, es decir, del comportamiento técnico y cultural de los cromañones durante la última glaciación", señala Arrizabalaga.

La selección de restos fue muy estricta y solo se admitieron útiles elaborados con huesos o, en su defecto, huesos con huellas claras de actividad humana, en general, con marcas de descarnizado, es decir, de cortes en las zonas de los tendones para retirar el músculo.

"La cueva de Labeko Koba es la más consistente de las tres, que a la vez son las más consistentes de la Península Ibérica", explica Arrizabalaga. En Labeko Koba se dataron 18 restos, y los resultados son totalmente convergentes con respecto a su posición estratigráfica, es decir, los que aparecieron en las capas más profundas son los más antiguos.

La conclusión principal —"la escena del encuentro de un neandertal y un cromañón parece que no se dio en la Península Ibérica"— es la misma a la que han ido llegando en los últimos tres años diferentes grupos de investigación al estudiar asentamientos clave de Gran Bretaña, Italia, Alemania y Francia.

"Durante 25 años hemos estado hablando de que durante 8.000-10.000 años neandertales y los primeros humanos vivieron juntos. Hoy creemos que en Europa Occidental hay un lapso entre unos y otros y, por tanto, no se produjo la hibridación que en zonas como Oriente Próximo sí se dio", explica Arrizabalaga. El profesor de la UPV/EHU es también coautor de una investigación publicada en 2012 que retrasaba las dataciones de los neandertales.

"Datamos de nuevo, de acuerdo con este tratamiento de ultrafiltración que elimina la contaminación rejuvenecedora, restos del Musteriense, la cultura material propia de los Neandertales, de yacimientos del sur de la Península. En ellos se habían obtenido fechas muy recientes —hasta de 29.000 años—, pero las nuevas dataciones se van hasta 44.000 años, más antiguas que las primeras fechas atribuibles a cromañones", explica el profesor de la UPV/EHU.

EUROPA PRESS

viernes, 18 de abril de 2014

Reconstruyen por primera vez el epigenoma de un neandertal

Reconstruyen por primera vez el epigenoma de un neandertal
Una investigación con participación de la Universidad de Oviedo y publicada por la revista Science describe, por primera vez, la reconstrucción de los epigenomas de un neandertal y de un denisovan.

Un equipo internacional de investigadores, en el que participa el Instituto de Oncología de la Universidad de Oviedo, publica hoy en la revista Science un método novedoso que ha permitido desentrañar el patrón de metilación del ADN de dos especies extinguidas, un neandertal y un homínido de Denisova.

Comparando sus patrones epigenéticos con los de los humanos modernos, han podido identificar los genes cuya actividad difiere entre esas especies, y que marcan los cambios evolutivos que han configurado nuestra especie, es decir, que nos han hecho ser como somos actualmente.

Al desentrañar cómo se regulaban los genes en los neandertales y los denosivares, este estudio aporta por primera vez datos acerca de la evolución de la regulación de los genes en los humanos y abre una ventana a la exploración genética en especies que se extinguieron hace decenas de miles de años.

En el trabajo, coordinado por Liran Carmel, de la Universidad de Jerusalén, ha participado la Unidad de Epigenética del Cáncer del Instituto Universitario de Oncología del Principado de Asturias Obra Social Cajastur (Universidad de Oviedo), dirigida por el doctor Mario Fernández Fraga, investigador del CSIC-CNB.

El profesor de la Universidad de Cantabria y del Instituto de Investigación Valdecilla (IDIVAL), José A. Riancho, ha colaborado también en los trabajos desarrollados por el equipo internacional.

"Algunas de las diferencias en los patrones epigenéticos afectan a genes relacionados con el desarrollo de los huesos y podrían explicar las diferencias entre el esqueleto de esas especies antiguas y los humanos actuales", comenta Fernández Fraga.

Otras afectan a genes relacionados con el sistema cardiovascular y el sistema nervioso, los cuales se han asociado con enfermedades como el alzhéimer o la esquizofrenia.

Aunque se desconocen los factores que han dado lugar a esas diferencias, dado que los patrones epigenéticos están influidos tanto por las propias características genéticas como por las condiciones ambientales, como dice Riancho, “surge el interrogante de si esos trastornos, tan frecuentes en la sociedad actual, reflejan una predisposición inherente a nuestra especie o son, por el contrario, consecuencia de la forma de vida y el entorno en el que discurre nuestra existencia”.

La especie elegida

En el mundo actual convivimos humanos de una sola especie, pero eso no fue así en el pasado. Hasta hace algunas decenas de miles de años, nuestra especie, el Homo sapiens, compartió el territorio y probablemente ideas y parejas con otras especies, como los neandertales.

Sabemos poco acerca de cuáles fueron las características genéticas específicas que nos permitieron a los Homo sapiens sobrevivir en condiciones adversas, mientras las otras especies se extinguieron. Aún sabemos menos de las características epigenéticas que hicieron de nosotros 'la especie elegida'. La genética tiene que ver con los cambios en la secuencia de ADN que representa la estructura básica de los genes.

La epigenética, sin embargo, representa las variaciones sutiles de los genes que, sin afectar al núcleo de su estructura, modulan su actividad y pueden transmitirse a través de las generaciones. Entre ellas se encuentran algunas modificaciones químicas, como la metilación del ADN, que controla cuándo y cómo son activados y desactivados los genes que controlan el desarrollo de nuestro organismo.

La determinación de los genomas y los epigenomas de nuestros antecesores es fundamental para entender los mecanismos moleculares responsables de que seamos como somos. Para abordar este reto, Svante Pääbo, científico del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, lleva coordinando desde varios años el proyecto de la secuenciación del genoma del neandertal.

Como resultado de ello, el pasado mes de febrero la revista Nature publicó el primer genoma completo de un neardental. El ADN se obtuvo de un hueso del dedo del pie de un individuo adulto que vivió en las Cuevas de Altai (Sur de Siberia) hace unos 50.000 años. Unos meses antes, el mismo grupo había publicado otro artículo en el que describía el genoma del denisovan, un grupo de humanos arcaicos descubierto recientemente.

Uniovi | SINC

viernes, 21 de marzo de 2014

Los neandertales del norte de España competían con los osos por las cuevas

Recreación artística de una mujer neandertal y un oso de las cavernas. / José Antonio Peñas | Sinc
Investigadores del País Vasco han indagado sobre la interacción de los primeros neandertales y los úrsidos en la cornisa cantábrica. Su trabajo constata un fenómeno particular: los osos de las cavernas alternaron la ocupación de tres cuevas del valle del Deba (Gipuzkoa) con los humanos hace 120.000 años. Esta competencia entre carnívoros también se prueba en otras dos cuevas de la misma región, en humanos adscritos al Chatelperroniense –hace entre 36.000 y 32.000 años–.

En 1996 arqueólogos de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) y la Sociedad de Ciencias Aranzadi comenzaron a excavar tres cuevas del valle del Deba y del Urola (Gipuzkoa): Lezetxiki, Lezetxiki II y Astigarragako Kobea. Sus trabajos, que continúan en la actualidad, han sacado a la luz la actividad de las cuevas durante el final del Pleistoceno Medio y principios del Pleistoceno Superior.

“En estas cavidades se dio un fenómeno particular hace entre 130.000 y 120.000 años, ya que las ocupaciones de humanos y osos de las cavernas (Ursus spelaeus) se alternaron. Esta era una época prácticamente desconocida en la cornisa cantábrica hasta hace pocos años”, declara a Sinc Aritza Villaluenga Martinez, investigador que lidera el estudio que publica la revista Journal of taphonomy.

Las tres cuevas se encuentran en el corredor geográfico que comunica de modo más directo y sencillo el extremo suroeste de Europa y el interior de la Península Ibérica. Al remontar el valle del Deba (Gipuzkoa) se alcanza la cabecera del valle del Ebro y la meseta castellana. Atapuerca se encuentra a 120 km en línea recta. “La presencia de útiles en cuarcita en Lezetxiki y Lezetxiki II –añade Villaluenga– atestiguan estos contactos, ya que este material sólo aparece en el valle del Ebro”.

Varios grupos humanos frecuentaron estas cavidades de un clima templado, parecido al actual. Asimismo, en Lezetxiki II se descubrieron los restos más recientes en Europa de Macaca sylvanus (mono de Gibraltar) y ratón de los abedules (Sicista betulina). Ambas especies vivían en bosques caducifolios.

Los neandertales que vivían en esta región cazaban caballos y bóvidos, pero también debían competir en este espacio con otros carnívoros como leones de las cavernas o leopardos.

“Sin embargo, la especie más abundante en estas tres cuevas es el oso de las cavernas. Hemos hallado esqueletos enteros de este animal, que podía medir hasta 3 metros de altura y pesar cerca de 600 kg. Sabemos por los restos óseos que algunas cuevas estaban ocupadas por grandes machos, mientras que la de Astigarragako Kobea la usaban las hembras para dar a luz y criar a los oseznos durante los primeros meses”, argumenta el científico.

No existen testimonios directos de la interacción entre humanos y osos, pero los científicos han hallado en los mismos niveles arqueológicos útiles líticos y restos óseos aportados por los humanos, junto a multitud de restos de este y otros animales (1287 restos en Astigarragako Kobea, 1085 en Lezetxiki II y 6125 en Lezetxiki).

En definitiva, los investigadores revelan una nueva realidad desconocida hasta ahora y que continúa como objeto de estudio –cada año en el mes de julio se realiza una campaña de excavación en la cueva de Lezetxiki–.

“Hasta el momento apenas existían testimonios directos, aparte de conjuntos líticos al aire libre o algunos niveles arqueológicos (Cueva del Castillo, Puente Viesgo, Cantabria) de la presencia humana durante el Paleolítico Inferior en cuevas del norte de la península ibérica”, concluye Villaluenga.

SINC

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